Educar a nuestros hijos es una de las tareas más hermosas y, al mismo tiempo, desafiantes que podemos emprender. A menudo buscamos las mejores maneras de guiar a nuestros pequeños en un mundo cada vez más complejo, lleno de distracciones y expectativas. En su libro «Educar en el asombro», Catherine L’Ecuyer nos invita a reconsiderar la forma en que percibimos la educación y, más importante aún, la forma en que ayudamos a nuestros hijos a descubrir el mundo. Este artículo desglosa las ideas centrales del libro y ofrece una guía profunda y práctica para implementar sus enseñanzas en la vida diaria.
L’Ecuyer nos plantea la necesidad de devolver la capacidad de asombro a nuestros hijos, de proteger esa chispa natural que tienen por descubrir lo desconocido, que es la base de todo aprendizaje genuino. Esta obra, lejos de ser un manual lleno de técnicas complejas, es un recordatorio amoroso de que la crianza no se trata de llenar la cabeza de los niños de información, sino de crear un espacio donde la curiosidad y el deseo de aprender puedan florecer.
El Asombro como Motor del Aprendizaje
Uno de los puntos clave del libro es que el asombro es el verdadero motor del aprendizaje. Los niños nacen con una capacidad innata de maravillarse ante el mundo que los rodea. Es esta curiosidad la que les impulsa a explorar, preguntar y aprender. Sin embargo, el ritmo acelerado de la vida moderna y el enfoque en resultados rápidos y medibles a menudo despojan a los niños de esa capacidad natural. L’Ecuyer nos insta a preguntarnos: ¿estamos respetando el ritmo de nuestros hijos o estamos imponiendo nuestro propio ritmo y expectativas?
Una manera práctica de fomentar el asombro es, simplemente, frenar y observar junto a ellos. Imaginemos un paseo por el parque. Mientras los adultos solemos caminar rápido, centrados en llegar al destino, un niño puede detenerse por varios minutos a observar una fila de hormigas. En lugar de apresurarlo, L’Ecuyer nos invita a acompañarlos en ese descubrimiento, a hacernos pequeños a su lado y compartir su asombro. ¿Qué hacen las hormigas? ¿Cómo trabajan juntas? Este tipo de preguntas sencillas puede abrir un mundo de curiosidad y aprendizaje.
Educar en el asombro implica también que los padres nos demos el permiso de ser niños de nuevo, de dejarnos maravillar por lo que parece cotidiano y redescubrir con ellos esas pequeñas maravillas del mundo natural. No se trata solo de detenernos y observar, sino de involucrarnos en el descubrimiento, de hacernos preguntas y permitirnos sentir la fascinación que surge de lo desconocido. Los momentos compartidos en la contemplación son la base de una conexión más profunda, no solo con nuestros hijos, sino también con el mundo que nos rodea.
El asombro no solo es fundamental para el aprendizaje, sino que también es un pilar del desarrollo emocional. Cuando los niños sienten que sus preguntas son valiosas y que pueden explorar sin miedo a ser juzgados, desarrollan una autoestima más fuerte. Como padres, debemos ser sus guías en este viaje, fomentando un entorno donde cada pregunta sea bienvenida y donde el descubrimiento sea una aventura compartida. Al hacer esto, también fortalecemos nuestra relación con ellos, creando vínculos que perdurarán más allá de la infancia.
La Importancia del Silencio y la Contemplación
Otro punto central de «Educar en el asombro» es la importancia del silencio y la contemplación. Vivimos en un entorno lleno de estímulos constantes: televisores encendidos, dispositivos electrónicos, horarios saturados de actividades. En medio de todo este ruido, los niños tienen cada vez menos oportunidades para contemplar, para estar simplemente consigo mismos, para escuchar el silencio y dejar que surjan las preguntas.
El silencio no debe verse como una ausencia de actividad, sino como un espacio lleno de potencial. Para L’Ecuyer, el silencio es donde nace la creatividad y donde se asientan las ideas. Como padres, podemos facilitar momentos de silencio apagando la televisión durante las comidas, caminando sin música en el fondo, o creando rutinas de lectura antes de dormir donde el enfoque sea la calma y la conexión.
Recuerdo una tarde en la que decidimos, en familia, apagar todos los dispositivos y sentarnos en el jardín. Al principio, los niños parecían inquietos, incluso aburridos. Pero tras unos minutos, comenzaron a observar los pájaros, a hacer preguntas sobre las plantas, a inventar historias sobre las nubes. Ese momento de contemplación, que empezó como un simple experimento, se convirtió en una oportunidad de descubrimiento que ninguno de nosotros habría planeado.
Es fundamental que aprendamos a valorar el silencio como un regalo, una pausa en la rutina que permite que las mentes de nuestros hijos se relajen y fluyan. Este espacio es donde los niños encuentran su creatividad, donde las preguntas más profundas tienen tiempo de surgir. Cuando respetamos el silencio, también les enseñamos a respetar su propio tiempo interno, a sentirse cómodos con sus pensamientos y a buscar respuestas desde la reflexión y no desde la inmediatez que nos impone la tecnología.
El silencio es también una forma de conexión con la naturaleza y con uno mismo. Vivimos en un mundo donde la productividad constante es valorada, y donde el tiempo para la introspección se ve como algo secundario o innecesario. Sin embargo, para los niños, el silencio es una puerta a la imaginación, a la capacidad de crear sin límites y a la oportunidad de conocer sus propias emociones. Al facilitar estos momentos de calma, estamos también dándoles herramientas para gestionar el estrés, para aprender a estar en paz consigo mismos, y para desarrollar una inteligencia emocional que les acompañará durante toda su vida.
El valor del silencio no solo es importante para los niños, sino también para los padres. Al compartir momentos de silencio con nuestros hijos, aprendemos a conectarnos de una manera más profunda, a valorar su presencia sin la necesidad constante de estímulos. Este tipo de conexión nos recuerda lo esencial de nuestra relación y fortalece el vínculo familiar de una manera que las palabras no siempre pueden lograr. El silencio es, en muchos sentidos, el lenguaje de la intimidad y la comprensión mutua.
Proteger la Infancia de la Sobreestimulación
L’Ecuyer también nos advierte sobre el peligro de la sobreestimulación. En una era donde el entretenimiento está a un clic de distancia y donde muchos juguetes tienen más botones y luces de las que podemos contar, los niños corren el riesgo de perder su capacidad de imaginar. La autora defiende que los juguetes más simples, aquellos que no tienen una única forma de jugarse, son los que más fomentan la creatividad.
Piensa en un simple bloque de madera. Para un adulto, puede parecer un objeto sin mucho valor, pero para un niño puede ser un coche, una casa, una torre, o incluso una nave espacial. Cuando damos a los niños juguetes que ya tienen una función definida, estamos limitando su capacidad de imaginar, de inventar historias y de crear mundos propios.
Un ejemplo de cómo reducir la sobreestimulación es revisar el tipo de actividades que ofrecemos a nuestros hijos. Quizás podamos optar por más actividades al aire libre, donde ellos puedan explorar y decidir cómo jugar, en lugar de inscribirlos en tantas actividades dirigidas. El objetivo no es llenar cada minuto de su día con algo planificado, sino darles el espacio para que ellos mismos descubran cómo quieren usar su tiempo.
En lugar de llenar a los niños de juguetes electrónicos o actividades organizadas, podemos animarles a que creen sus propios juegos con objetos cotidianos. Quizás una caja de cartón se convierta en una fortaleza, en un coche de carreras, o en una casa para sus peluches. El valor de estos juegos radica en que el niño debe usar su imaginación para darle forma y sentido, lo cual refuerza su capacidad de resolver problemas, de crear narrativas y de disfrutar del proceso de invención sin un resultado predeterminado.
La sobrestimulación también se manifiesta en la constante exposición a pantallas. Televisores, tabletas y teléfonos móviles se han convertido en una parte cotidiana de la vida familiar. Si bien la tecnología puede tener beneficios, su uso excesivo puede inhibir la capacidad de los niños para concentrarse, para jugar de forma creativa, e incluso para relacionarse con los demás. Es crucial que establezcamos límites saludables al uso de la tecnología y que fomentemos actividades que no impliquen estar frente a una pantalla. Un paseo por la naturaleza, un juego de mesa en familia, o simplemente el tiempo libre para aburrirse y descubrir qué hacer con ese aburrimiento son formas de contrarrestar la sobreestimulación.
El aburrimiento, lejos de ser algo negativo, es una puerta abierta a la creatividad. Cuando un niño se aburre, se ve obligado a buscar algo que hacer, a inventar, a crear. En lugar de ver el aburrimiento como un problema que debemos solucionar con entretenimiento constante, podemos verlo como una oportunidad para que nuestros hijos desarrollen su imaginación y aprendan a disfrutar de su propia compañía.
La sobreestimulación no solo afecta la capacidad de los niños para imaginar, sino que también tiene un impacto significativo en su bienestar emocional. Cuando los niños están constantemente rodeados de estímulos, no tienen la oportunidad de procesar sus emociones, de reflexionar sobre sus experiencias o de simplemente descansar. La falta de momentos de calma puede llevar a la ansiedad y al estrés, incluso en los más pequeños. Es importante recordar que el cerebro de un niño necesita tiempo para desconectarse y recuperarse, y como padres, podemos ayudarles creando un entorno donde el equilibrio entre la actividad y el descanso sea respetado.
Una buena estrategia para combatir la sobreestimulación es simplificar el entorno del hogar. Menos juguetes, menos pantallas, menos actividades estructuradas, y más espacio para el juego libre, la exploración y la creatividad. Al simplificar el entorno, estamos creando un espacio donde los niños pueden concentrarse mejor, donde el juego no se trata de consumir entretenimiento, sino de crearlo, y donde cada objeto tiene el potencial de convertirse en algo extraordinario gracias a la imaginación del niño.
El Valor del Tiempo de Calidad
El libro también hace hincapié en el concepto de tiempo de calidad. Muchas veces, como padres, nos sentimos presionados por la cantidad de tiempo que pasamos con nuestros hijos. Pero L’Ecuyer nos recuerda que no se trata de la cantidad, sino de la calidad de esos momentos. El tiempo de calidad es aquel en el que estamos verdaderamente presentes, sin distracciones, sin pensar en la lista de tareas pendientes o en el teléfono que no deja de sonar.
Un buen ejemplo de tiempo de calidad puede ser cocinar juntos. No hace falta que sea una receta complicada. Preparar unas simples galletas puede ser una oportunidad para conectar, para hablar sobre cómo fue el día, para ensuciarnos las manos juntos y reírnos cuando algo no sale como esperábamos. Estos momentos quedan grabados en la memoria de los niños como momentos de amor, de conexión, y eso es lo que realmente importa.
Otra forma de crear tiempo de calidad es a través del juego libre. Sentarnos en el suelo y dejar que el niño nos guíe en su juego, sin imponer reglas, sin esperar un resultado, simplemente estando presentes y disfrutando del proceso. En esos momentos, nuestros hijos sienten que son importantes, que tienen nuestra atención completa, y eso fortalece el vínculo emocional entre padres e hijos.
El tiempo de calidad también se encuentra en las pequeñas rutinas del día a día: al preparar el desayuno juntos, al contar una historia antes de dormir, o al caminar de la mano al colegio. No es necesario buscar grandes actividades para crear recuerdos valiosos. Lo que realmente importa es la intención y la calidad de la atención que les damos.
Una de las claves para proporcionar tiempo de calidad es aprender a estar presentes en el momento. En la actualidad, estamos tan acostumbrados a la multitarea que incluso cuando estamos físicamente presentes con nuestros hijos, nuestra mente puede estar en otra parte. Estar presentes implica dejar a un lado las preocupaciones del trabajo, desconectar de los dispositivos electrónicos y centrarnos realmente en el aquí y el ahora. Cuando logramos hacerlo, no solo estamos brindando a nuestros hijos nuestra atención, sino que también estamos enseñándoles el valor de la conexión humana y de las relaciones auténticas.
Además, el tiempo de calidad no siempre tiene que ser alegre o lleno de risas. También incluye esos momentos difíciles donde el niño necesita consuelo, donde está frustrado o triste. Estar allí, sin tratar de arreglar inmediatamente la situación, sino simplemente acompañándolos en sus emociones, les enseña que es seguro sentir, que todas las emociones son válidas y que el amor de sus padres está presente en cualquier circunstancia.
El tiempo de calidad también puede ser una oportunidad para enseñar valores y habilidades importantes. Por ejemplo, involucrar a los niños en tareas del hogar no solo les da una sensación de responsabilidad, sino que también les enseña a valorar el esfuerzo y el trabajo en equipo. Hacer el jardín juntos, cuidar una planta, o incluso lavar el coche en familia pueden ser actividades sencillas, pero llenas de oportunidades para conversar, para compartir y para aprender mutuamente.
Otra forma valiosa de tiempo de calidad es la creación de rituales familiares. Estos rituales pueden ser tan simples como tener una noche de juegos los viernes, leer un cuento antes de dormir, o dedicar una tarde a hacer manualidades juntos. Los rituales proporcionan una estructura y un sentido de pertenencia, además de generar recuerdos entrañables que perdurarán a lo largo del tiempo. Es en estos pequeños momentos donde se construyen las bases de una familia unida y amorosa.
Fomentar la Autonomía
L’Ecuyer también nos habla de la importancia de fomentar la autonomía de los niños. En lugar de resolverles cada problema, de anticiparnos a cada una de sus necesidades, debemos permitir que ellos encuentren sus propias soluciones, que experimenten el error y que aprendan de él. De esta manera, no solo les damos confianza en sus habilidades, sino que también les enseñamos a ser resilientes.
Por ejemplo, cuando un niño está intentando construir algo y se frustra porque no lo logra, nuestra primera reacción suele ser ayudarles de inmediato. Pero ¿qué pasaría si en lugar de eso le preguntamos: «¿Cómo podrías intentarlo de otra manera?» o «¿Qué crees que pasa si cambiamos esta pieza de lugar?». Este tipo de preguntas les da el espacio para pensar, para probar y para aprender por sí mismos, lo cual es infinitamente más valioso que si nosotros les damos la respuesta.
Fomentar la autonomía también implica confiar en sus capacidades para tomar decisiones según su edad. Esto puede comenzar con cosas tan simples como dejarles elegir su ropa, permitir que se sirvan su propio desayuno o dejar que intenten resolver disputas con sus hermanos antes de intervenir. Al darles estas oportunidades, les estamos mostrando que confiamos en ellos, que creemos en su capacidad para gestionar las situaciones, y eso fortalece su autoestima.
Es importante recordar que la autonomía no significa dejarles solos ante el mundo, sino acompañarlos desde el respeto y la confianza, sabiendo cuándo intervenir y cuándo dar un paso atrás para que ellos mismos puedan encontrar una solución. Criar hijos autónomos es un regalo que les acompañará durante toda su vida, ya que les estará dotando de herramientas para enfrentar los desafíos del futuro con confianza.
La autonomía también se fomenta dando a los niños responsabilidades acorde a su edad. Pequeñas tareas en el hogar, como poner la mesa, recoger sus juguetes o cuidar de una planta, les enseñan a ser responsables y a entender que son una parte importante de la familia. Estas tareas, lejos de ser una carga, les hacen sentir útiles y capaces, lo cual contribuye enormemente a su desarrollo emocional y a la construcción de una autoestima sana.
Cuando los niños desarrollan autonomía, también están aprendiendo sobre la toma de decisiones y las consecuencias de sus acciones. Permitirles experimentar el fracaso de manera segura, y estar allí para apoyarlos sin juzgarlos, les enseña que equivocarse es parte del proceso de aprendizaje. De este modo, se sienten más seguros para intentar cosas nuevas, para enfrentar desafíos, y para crecer sin miedo al error.
Fomentar la autonomía no se trata solo de tareas o decisiones prácticas, también implica apoyar a los niños en el desarrollo de sus propios intereses y pasiones. Quizás tu hijo muestre interés por la música, el arte, el deporte o la ciencia. Como padres, nuestro papel es ofrecerles el espacio y los recursos para explorar esos intereses por sí mismos, sin imponer nuestras propias expectativas. Cuando los niños sienten que tienen el control sobre su aprendizaje y que sus padres los apoyan, desarrollan una motivación interna que es clave para el éxito a largo plazo.
La autonomía también implica enseñar a los niños a resolver conflictos por sí mismos. En lugar de intervenir inmediatamente cuando hay una disputa entre hermanos o amigos, podemos guiarles para que ellos encuentren la solución. Preguntarles cómo se sienten, qué creen que podrían hacer para mejorar la situación, y darles el tiempo para hablar y escucharse entre ellos, fomenta habilidades sociales y emocionales que les serán útiles a lo largo de toda su vida. Esta habilidad de resolver conflictos de manera autónoma es esencial para el desarrollo de relaciones sanas y respetuosas.
Respetar el Ritmo Natural de los Niños
Otro aspecto fundamental que Catherine L’Ecuyer enfatiza es el respeto por el ritmo natural de los niños. Cada niño es diferente, y la presión por alcanzar ciertos hitos a una determinada edad puede ser contraproducente. L’Ecuyer nos invita a observar a nuestros hijos, a conocerlos realmente, y a dejar de lado las comparaciones con otros niños. Cada pequeño tiene su propio ritmo y su propio modo de aprender, y nuestra labor como padres es acompañarlos sin prisa, sin imponerles metas ajenas.
En lugar de apresurar a un niño para que aprenda a leer antes que sus compañeros, podríamos enfocarnos en fomentar el amor por los cuentos. Leer juntos, inventar historias, dejar que el niño escoja los libros que le interesan. Así, el aprendizaje surge de manera natural, desde el deseo y no desde la imposición.
Respetar el ritmo del niño también implica reconocer sus tiempos de descanso, sus momentos de juego libre, y la necesidad de desconectarse de las actividades estructuradas. En un mundo donde se nos insta a ser productivos todo el tiempo, ofrecer a los niños espacios donde puedan simplemente ser, sin expectativas, es fundamental para su bienestar emocional y mental. Permitirles aburrirse, por ejemplo, es darles el regalo de la creatividad, ya que en esos momentos suelen surgir las ideas más originales y los juegos más imaginativos.
El respeto por el ritmo natural también significa observar sin intervenir de inmediato. A veces, como padres, queremos que nuestros hijos se desarrollen rápidamente, que logren cosas antes de los demás, como si el desarrollo infantil fuera una carrera. Pero cada niño tiene sus propios tiempos y procesos, y es vital reconocer y celebrar esos tiempos. Si un niño muestra interés por aprender algo nuevo, acompañémoslo, pero si no está listo, respetemos ese momento. La confianza en que cada niño tiene un ritmo adecuado para él mismo es esencial para fomentar un ambiente de aprendizaje saludable y feliz.
Respetar el ritmo del niño también se traduce en entender que no todos los aprendizajes deben ser estructurados. Los niños aprenden de manera informal todo el tiempo: cuando juegan, cuando exploran, cuando hacen preguntas sobre el mundo que los rodea. Como padres, podemos facilitar este tipo de aprendizaje dándoles el tiempo y el espacio para explorar sin expectativas. Cuando permitimos que los niños sigan su curiosidad, estamos promoviendo un amor por el aprendizaje que durará toda la vida.
En lugar de sobrecargar a los niños con actividades extraescolares y compromisos, podemos aprender a observar sus intereses y ofrecerles tiempo para desarrollarlos sin prisa. Tal vez un niño disfrute de construir cosas y necesite horas para perderse en sus creaciones de Lego. Tal vez otro prefiera pasar tiempo dibujando o inventando historias. Cada niño tiene un ritmo único, y al respetarlo, estamos cultivando una infancia plena y feliz, libre de la presión innecesaria que muchas veces el mundo moderno impone.
Conclusión: Criar desde el Asombro
«Educar en el asombro» es una llamada a redescubrir la belleza en la crianza, a devolver a los niños el espacio para ser niños, para explorar, para equivocarse y para aprender desde la curiosidad y el respeto. Como padres, tenemos la responsabilidad de ser los guardianes de ese asombro, de proteger su capacidad innata de maravillarse y de aprender sin prisas ni presiones.
Criar desde el asombro significa también aprender a mirar el mundo a través de los ojos de nuestros hijos, a redescubrir la belleza en las cosas pequeñas y a encontrar alegría en los momentos más simples. Es una oportunidad de crecer juntos, de aprender junto a ellos, y de construir una relación basada en el respeto, la curiosidad y el amor.
Así que la próxima vez que estés con tus hijos, tómate un momento para observar el mundo con ellos, para hacer preguntas, para escuchar el silencio, para maravillarte. Porque educar en el asombro no solo es bueno para ellos, también nos recuerda a nosotros, los adultos, cuán maravilloso es el mundo que nos rodea.
El mundo es un lugar fascinante, lleno de misterios y sorpresas, y nuestros hijos son nuestros mejores maestros en la tarea de redescubrirlo. Educar en el asombro es una manera de vivir la paternidad desde la autenticidad, donde cada pequeño momento se convierte en una oportunidad de aprendizaje y conexión. Que no perdamos nunca la capacidad de asombrarnos, y que seamos siempre los guías que nuestros hijos necesitan para descubrir el mundo a su propio ritmo y con todo el amor que merecen.
Criar desde el asombro también implica un compromiso continuo con nuestra propia capacidad de asombrarnos. Como adultos, a menudo perdemos esa habilidad de maravillarnos por lo cotidiano, por lo que está frente a nosotros. Redescubrir el asombro junto a nuestros hijos es también una oportunidad para crecer como personas, para recordar lo esencial y para conectarnos con lo que verdaderamente importa. En este proceso, nuestros hijos se convierten en nuestros maestros, enseñándonos a ver el mundo con ojos frescos, a valorar cada instante y a vivir con más presencia y gratitud.
Educar desde el asombro no es un destino, es un camino que recorremos juntos con nuestros hijos, lleno de aprendizajes y descubrimientos mutuos. En este proceso, los errores, las pausas, el silencio y la autonomía se convierten en aliados valiosos para cultivar una infancia rica en experiencias y libre de las expectativas limitantes que el mundo a veces nos impone. Los niños necesitan padres que los acompañen, que los escuchen, y que se atrevan a vivir el mundo con la misma curiosidad y asombro con la que ellos lo hacen.