En la crianza de nuestros hijos, cada etapa viene acompañada de nuevos retos. Uno de los más comunes, y que genera mayores dudas, es el manejo de las rabietas y conflictos cotidianos que surgen en la vida familiar. En el libro «Ni rabietas ni conflictos», la psicóloga Rosa Jové nos ofrece una visión transformadora, orientada a comprender las emociones de nuestros pequeños y actuar desde el respeto y el amor. Hoy quiero invitarte a explorar en profundidad los aprendizajes de este libro, conectándolos con la experiencia diaria y descubriendo juntos cómo estos principios pueden aplicarse en nuestro hogar para promover un ambiente familiar más armónico y respetuoso.
Rosa Jové, con una extensa trayectoria en el campo de la psicología infantil, presenta en este libro una guía para los padres que quieren alejarse de la disciplina basada en la obediencia ciega, y en cambio prefieren un enfoque más cercano a las necesidades reales de sus hijos. A través de sus páginas, Jové invita a los padres a dejar de lado el autoritarismo y a fomentar una relación basada en el entendimiento mutuo, donde la comunicación y el respeto son los cimientos principales. Esto significa asumir una perspectiva más humana y comprensiva, reconociendo que cada niño es único y que las situaciones de conflicto requieren paciencia y empatía por parte de los padres.
Comprender para educar sin rabietas
Uno de los puntos clave del libro es la importancia de comprender las emociones de nuestros hijos. Los niños pequeños a menudo tienen rabietas porque, simplemente, no tienen las herramientas necesarias para expresar de otra manera lo que sienten. Imagina por un momento cómo sería vivir en un mundo donde la mayoría de las cosas no tienen sentido, donde tus deseos son constantemente limitados y donde, además, no tienes las palabras para explicar lo que quieres o sientes. Esta es la realidad diaria de un niño pequeño.
Rosa Jové insiste en que una parte fundamental del proceso de crianza es el acompañamiento emocional. Los niños necesitan sentir que sus emociones, por intensas o irracionales que parezcan, son válidas. No se trata de darles todo lo que quieren, sino de enseñarles que lo que sienten importa y que estamos ahí para ayudarles a entender esas emociones. Esto no solo les aporta seguridad, sino que también les da herramientas para gestionar mejor sus sentimientos en el futuro. Al validar las emociones de nuestros hijos, les estamos enseñando que está bien sentir y que no necesitan esconder o reprimir lo que sienten. Esto contribuye a un desarrollo emocional sano y les prepara para afrontar los retos de la vida con mayor resiliencia.
Pensemos, por ejemplo, en una situación en la que nuestro hijo está llorando porque no puede tener un juguete. Es fácil caer en la tentación de decir «ya está bien, deja de llorar», pero Jové nos propone una alternativa: validar su emoción. Podemos decir algo como: «Entiendo que estás enfadado porque quieres el juguete y no lo puedes tener. Es difícil cuando no conseguimos lo que queremos». De esta manera, ayudamos al niño a nombrar su sentimiento y, al mismo tiempo, le acompañamos en el proceso de aceptarlo. Este tipo de respuestas también fomentan la comunicación abierta y el desarrollo del lenguaje emocional, habilidades cruciales para el bienestar futuro de los niños.
Este enfoque de validar las emociones es aplicable a muchas otras situaciones cotidianas. Si, por ejemplo, un niño se frustra porque su construcción de bloques se cae, en lugar de minimizar su frustración, podemos ponernos a su nivel y decir: «Parece que estás muy enfadado porque los bloques se cayeron. Sé que trabajaste mucho en eso». Esta simple intervención muestra empatía y les enseña a los niños que está bien frustrarse cuando las cosas no salen como esperamos. Gradualmente, a medida que los niños crecen, aprenderán a manejar estas emociones con mayor autonomía, sabiendo que siempre son escuchados y comprendidos.
La importancia del apego seguro
Otro aspecto fundamental que aborda Jové es la importancia del apego seguro. Un apego seguro se forma cuando el niño siente que sus necesidades básicas (alimentación, cuidado, afecto) son atendidas de manera consistente. Esto no significa que tengamos que estar disponibles las 24 horas del día o que no podamos tener un mal momento, sino que el niño sepa que, en general, puede contar con nosotros.
Cuando los niños se sienten seguros, sus conductas problemáticas tienden a reducirse. Un niño que sabe que sus padres están allí para él tiene menos necesidad de llamar la atención de manera desesperada. La seguridad que les brinda el apego seguro les permite desarrollar habilidades emocionales y sociales de una manera saludable. Si, por ejemplo, nuestro hijo tiene miedo de quedarse solo en su habitación por la noche, Rosa Jové nos invita a acompañarle y a validar su temor, en lugar de obligarle a quedarse solo como una forma de «enseñarle» a ser valiente. De este modo, el niño aprenderá a confiar en sus padres y, eventualmente, en sí mismo.
El apego seguro también fomenta la confianza del niño en sí mismo y en el entorno. Un niño que se siente seguro tiende a explorar el mundo con más libertad y curiosidad. Imaginemos a un pequeño que, al empezar a caminar, se cae y se asusta. Si un padre le responde de manera empática, asegurándole que está ahí para apoyarlo y que es normal caerse cuando se está aprendiendo, el niño no solo se siente protegido, sino que también desarrolla una actitud positiva hacia el aprendizaje y el error. Saber que los padres son una base segura desde la cual explorar da a los niños el coraje necesario para enfrentar nuevas experiencias sin miedo excesivo al fracaso.
La empatía como herramienta clave
Un elemento recurrente en «Ni rabietas ni conflictos» es la empatía. La capacidad de ponernos en el lugar de nuestros hijos no solo nos permite entenderles mejor, sino que también nos ayuda a reaccionar de una forma más calmada y adecuada ante sus comportamientos. Rosa Jové sugiere que la empatía debe estar presente en cada interacción con nuestros hijos, especialmente en los momentos más difíciles.
Pensemos en un momento en el que nuestro hijo golpea a su hermano menor. La reacción inmediata podría ser regañar al niño por su mal comportamiento. Sin embargo, Jové nos invita a detenernos y tratar de comprender qué hay detrás de ese acto. ¿Está celoso? ¿Se siente ignorado? Al dirigirnos a nuestro hijo con empatía (“Parece que estás muy enfadado con tu hermano, ¿quieres contarme qué ha pasado?”), no solo evitamos un conflicto mayor, sino que le enseñamos una manera saludable de expresar sus emociones.
La empatía no solo implica escuchar, sino también actuar de una manera que demuestre comprensión. Si un niño está triste porque su mejor amigo no quiere jugar con él, podemos responder diciendo: «Debe ser muy triste cuando un amigo no quiere jugar contigo. Estoy aquí si necesitas hablar». Este tipo de respuestas no solo consuelan, sino que también le muestran al niño que sus sentimientos son importantes y que tiene apoyo en los momentos difíciles. Al aprender de este tipo de respuestas, los niños también empiezan a desarrollar empatía hacia los demás, creando una cadena de comprensión y apoyo emocional dentro del entorno familiar.
La empatía es una habilidad que, cuando se cultiva desde la infancia, tiene un impacto duradero en las relaciones que los niños establecen con los demás. La empatía fomenta la solidaridad y la capacidad de formar vínculos fuertes, no solo en la familia, sino también en la escuela y más adelante en la vida adulta. Un niño que ha crecido rodeado de empatía será un adulto más capaz de escuchar, de comprender y de actuar de manera positiva ante los conflictos, lo cual es una herramienta poderosa para la vida.
La disciplina positiva: educar sin castigos ni recompensas
Jové también aboga por la disciplina positiva, un enfoque educativo que se centra en enseñar a los niños sobre las consecuencias naturales de sus actos sin recurrir al castigo o a las recompensas materiales. Esto no significa que los niños no deban aprender sobre los límites o las normas, sino que el aprendizaje debe darse desde la comprensión y no desde el miedo o la sumisión.
Cuando un niño rompe un juguete de su amigo, por ejemplo, en lugar de castigarlo o premiarlo si pide disculpas, la autora propone guiar al niño hacia la reparación del daño. Podríamos decirle: «Tu amigo se siente triste porque has roto su juguete. ¿Cómo crees que podrías ayudarle a sentirse mejor?». De esta manera, le enseñamos la importancia de hacerse responsable de sus actos y de considerar los sentimientos de los demás, todo ello sin la necesidad de un castigo externo.
La disciplina positiva no solo se trata de evitar castigos, sino también de enseñar habilidades para la vida. Si un niño deja sus juguetes en medio de la sala y no los recoge, en lugar de castigarlo, podemos enseñarle la consecuencia natural de ese acto: alguien podría tropezar o los juguetes podrían romperse. Explicar estas consecuencias de manera calmada y guiada permite que el niño entienda el porqué de la norma, en lugar de simplemente obedecer por temor al castigo. Así, aprenden a tomar decisiones basadas en el razonamiento y no en el miedo.
El uso de la disciplina positiva requiere de los padres un compromiso con la paciencia y la consistencia. Esto puede ser desafiante, especialmente cuando estamos cansados o tenemos prisa, pero el impacto a largo plazo en el desarrollo emocional del niño es significativo. Los niños que son criados con disciplina positiva tienden a ser más cooperativos y a tener una mayor autoestima, ya que aprenden a entender las razones detrás de las reglas y a actuar de manera autónoma y responsable.
El papel de los padres como guías
En “Ni rabietas ni conflictos”, Rosa Jové resalta la idea de que los padres no son capataces ni jefes, sino guías para sus hijos. Nuestra tarea no es controlar cada aspecto de la vida de nuestros pequeños, sino acompañarles, ayudarles a comprender el mundo y permitirles desarrollarse a su propio ritmo. Esta perspectiva permite a los padres soltar un poco el control, confiando más en las capacidades innatas de los niños para aprender y crecer.
Un ejemplo que ilustra este punto es el acompañamiento en el aprendizaje de habilidades como vestirse solos o recoger sus juguetes. En lugar de imponer la acción con prisas o amenazas, podemos acompañar al niño con paciencia, mostrando cómo hacerlo y permitiendo que lo intente a su manera. La clave está en reconocer los esfuerzos del niño y ofrecer ayuda solo cuando él lo necesite, fomentando así su autonomía y confianza.
Ser una guía implica permitir que los niños experimenten por sí mismos, aunque esto signifique que, en ocasiones, se equivoquen. Por ejemplo, si un niño quiere intentar ponerse los zapatos solos, aunque sepamos que puede equivocarse de pie, darle la oportunidad de intentarlo y aprender por sí mismo es más valioso que corregirle constantemente. Cuando se da cuenta del error y lo corrige, está fortaleciendo su confianza y aprendiendo a ser más independiente.
Los padres que actúan como guías también reconocen la importancia de fomentar la curiosidad y el aprendizaje continuo. No se trata solo de enseñar lo básico para la vida cotidiana, sino de inspirar a los niños a hacer preguntas, a explorar y a no tener miedo de cometer errores. La curiosidad es una herramienta poderosa que, si se nutre adecuadamente, puede llevar a los niños a ser adultos apasionados por el aprendizaje y capaces de resolver problemas de manera creativa.
Respetar los tiempos de cada niño
Cada niño tiene su propio ritmo de desarrollo, y uno de los mayores errores que podemos cometer como padres es comparar a nuestros hijos con otros niños o presionarlos para que cumplan con ciertos hitos antes de tiempo. Rosa Jové subraya la importancia de respetar los tiempos individuales y de no forzar procesos que deben darse de forma natural.
Si nuestro pequeño aún no está listo para dejar el pañal o si le cuesta separarse de nosotros para ir a la escuela, no significa que haya algo mal con él. La autora nos recuerda que cada niño es único y que el respeto por su desarrollo individual es fundamental para que se sientan seguros y valorados. En lugar de apresurarnos a corregir aquello que nos parece un «retraso», podemos observar y acompañar, confiando en que, cuando llegue el momento adecuado, nuestro hijo dará el paso.
El respeto por el ritmo de cada niño también se refleja en cómo les ayudamos a afrontar los desafíos del aprendizaje. Si un niño tiene dificultades con las matemáticas, presionarlo para que comprenda rápidamente podría llevar a frustración y resistencia. En cambio, brindarle apoyo y permitir que avance a su propio ritmo genera un ambiente de aprendizaje más positivo. Decir algo como «Sé que esto es difícil, pero estoy aquí para ayudarte, y con tiempo lo lograrás» le da al niño la confianza para seguir intentándolo sin sentir la presión de cumplir con expectativas irreales.
Respetar el ritmo de cada niño también es esencial en el desarrollo de la autonomía. Algunos niños necesitan más tiempo para sentirse cómodos realizando ciertas actividades por sí mismos, como vestirse o dormir solos. Forzar a un niño a hacerlo antes de que se sienta preparado puede ser contraproducente. En lugar de eso, podemos dar pequeños pasos que les permitan adquirir esas habilidades a su ritmo, fortaleciendo su confianza y seguridad en el proceso.
El poder de la comunicación efectiva
Otro de los pilares del libro es la comunicación efectiva. Rosa Jové nos invita a dialogar con nuestros hijos de manera clara y respetuosa, evitando los gritos, las amenazas y las frases que puedan minar su autoestima. El objetivo no es imponer nuestro criterio, sino construir una relación basada en la confianza y el respeto mutuo.
Por ejemplo, si queremos que nuestro hijo recoja su habitación, en lugar de ordenarle con un tono autoritario, podríamos explicarle por qué es importante hacerlo y cómo beneficia a toda la familia. Podemos decir: «Es importante que recojas tus juguetes para que no se pierdan y para que todos podamos disfrutar del espacio limpio. ¿Quieres que te ayude al principio y luego lo terminas tú?». De esta manera, estamos involucrando al niño en el proceso y fomentando su cooperación sin necesidad de imponer nuestra voluntad.
La comunicación efectiva no solo ayuda a los niños a entender las expectativas de sus padres, sino que también les enseña a expresar sus propios sentimientos y necesidades. Si un niño está molesto porque se terminó el tiempo de juego, podemos decirle: «Entiendo que estás triste porque quieres seguir jugando, pero es hora de cenar. Podemos jugar más mañana». Este tipo de comunicación valida sus emociones mientras le muestra los límites de una manera respetuosa y clara.
Además, la comunicación efectiva debe ser bidireccional. No se trata solo de que los padres comuniquen sus expectativas, sino también de escuchar activamente lo que los hijos tienen que decir. Preguntar a los niños cómo se sienten, qué piensan de ciertas situaciones y darles espacio para expresar sus opiniones, incluso si no siempre estamos de acuerdo, les enseña que su voz importa. Esto fortalece su autoestima y les ayuda a desarrollar habilidades de comunicación asertiva que serán útiles a lo largo de toda su vida.
La gestión del conflicto
En la vida familiar, los conflictos son inevitables, pero la manera en que los gestionamos puede marcar una gran diferencia. Rosa Jové nos enseña que el conflicto no tiene por qué ser algo negativo; puede ser una oportunidad para enseñar a nuestros hijos habilidades de resolución de problemas y comunicación. En lugar de evitar el conflicto o solucionarlo de forma autoritaria, Jové sugiere que los padres se tomen el tiempo para escuchar a sus hijos, entender sus perspectivas y buscar juntos una solución.
Imaginemos que dos hermanos están peleando por un juguete. En lugar de intervenir inmediatamente y decidir quién tiene razón, podemos animarles a expresar cómo se sienten y a proponer soluciones. «Parece que ambos quieren jugar con el coche al mismo tiempo, ¿qué podríamos hacer para que los dos puedan disfrutarlo?». Este tipo de intervenciones enseña a los niños a negociar, a ser empáticos y a buscar soluciones que satisfagan a ambas partes.
La gestión de conflictos de manera colaborativa también fortalece la capacidad de los niños para manejar situaciones similares en otros contextos, como la escuela o el parque. Si un niño aprende que los conflictos se pueden resolver hablando y buscando soluciones creativas, estará mejor equipado para manejar disputas con amigos y compañeros en el futuro. Además, cuando los niños participan en la resolución de conflictos, sienten que tienen el poder de cambiar las situaciones, lo cual refuerza su autoestima y autonomía.
A medida que los niños crecen, la complejidad de los conflictos puede aumentar, y aquí es donde la práctica temprana de resolución colaborativa se vuelve invaluable. Si un adolescente está en desacuerdo con una regla familiar, en lugar de imponerla sin discusión, podríamos abrir un espacio para el diálogo, preguntando: «¿Por qué crees que esta regla es injusta? ¿Cómo podríamos encontrar una solución que funcione para ambos?». Esta apertura al diálogo no solo reduce la resistencia, sino que también fortalece la relación y la confianza mutua.
Reflexión final: Transformar la crianza desde el amor
El libro «Ni rabietas ni conflictos» nos invita a transformar nuestra manera de criar, pasando de una educación basada en el control y la obediencia, a una crianza guiada por el respeto, la empatía y la comprensión. Es un cambio que requiere tiempo, reflexión y, sobre todo, paciencia, pero que trae consigo una recompensa inmensa: la posibilidad de construir una relación genuina y profunda con nuestros hijos, basada en la confianza y el amor.
Al aplicar estos principios en nuestra vida diaria, estamos enseñando a nuestros hijos algo más allá de cómo comportarse correctamente; les estamos mostrando cómo amar, cómo respetar a los demás y cómo vivir en armonía consigo mismos y con el mundo. La crianza amorosa no significa ausencia de límites, sino presencia de guías que enseñan desde el corazón, y eso es precisamente lo que Rosa Jové nos ayuda a lograr a través de este maravilloso libro.
Criar desde el amor también implica ser amables con nosotros mismos como padres. No siempre lo haremos perfectamente, y habrá días en los que nos sintamos abrumados o cometamos errores. Jové nos recuerda que el objetivo no es la perfección, sino la conexión. Cada día es una nueva oportunidad para aprender, crecer y acercarnos más a nuestros hijos. Incluso cuando nos equivocamos, podemos mostrar a nuestros hijos que el error forma parte del proceso de aprendizaje y que siempre podemos pedir disculpas y hacerlo mejor la próxima vez.
¡Espero que este artículo te haya inspirado y animado a seguir explorando nuevas formas de relacionarte con tus hijos! Recuerda que cada pequeño paso hacia una crianza más consciente y amorosa es un regalo que les damos, no solo a ellos, sino también a nosotros mismos como padres. La crianza es un viaje que, aunque lleno de desafíos, también está colmado de momentos de profunda satisfacción y amor. Sigamos avanzando juntos, construyendo un mundo más comprensivo y empático, empezando por nuestros propios hogares.